miércoles, 22 de marzo de 2017

Patrón polar

No puedo decirte muchas cosas,
Porque sería como trazarle más rayos al sol,
Cuando uno sabe que le basta con tres, con dos, o sin ellos.
Le basta tanto, porque es algo único, un cosmos, una vida, dos o tres, un pájaro en llamas, dos perros oliéndose, una cama desatendida desde una esquina, tazas repletas y tazas vacías.
El sol mismo es alguien, y alguien mismo puede serlo…
Pero nunca lo sabremos, nunca vamos a saber cuán importante es alguien o algo para determinarlo, pronunciarlo, balbucearlo como tal.
Podemos sentir inmensos edificios derrumbándose por mareas, cuando estallan nubes que amasijan a ese sol. Pero podemos sentir también que ese mismo está rodeado de encanto, melopeas diáfanas, de satélites edénicos y preludios finales. Todo esto, y aquello, lo percibimos cuando él está sano, cuando uno está sano.

Y sí, en eso consiste la rotación y la traslación de la tierra. Totalmente distinto a lo que nos enseñaron en la Manuel Estrada, porque ellos jamás pudieron verte… allí, muy quieta y sin palabras.

Tu sombra o la mía

Bajo esta sombra
Hay una suerte de araña hecha de azúcar
Aunque todavía esté húmeda la tierra,
Yo puedo ver los granos de arena, y aplastarme la cara en ellos.

Tal vez, bajo esta sombra
Se esconden 257 soledades
Pero eso no puede ser cierto si hay una hormiga en mi espalda. ¿Y si mi cuerpo está cubierto de hormigas diminutas?, eso es lo que pienso yo.

Con tesón, suben y caen como yemas
Hay quienes corren
Hay quienes morirían
Hay quienes.

Por eso estoy así
Vislumbrando a soplidos a esta incesante araña de azúcar
Por eso me dejo golpear,
Por la enervante mañana
Por este martillo atávico
Por cada pequeño e inconforme rayo de luz.

Y solo por eso sé

Que hasta las hormigas descansan, aquí en mi rodilla.

Hola, Soy Gabo

                                                                                                                 Con cariño, a Bordenave


Hola, soy Gabo
Gabo Fernández,
Me importa un carajo
Salir fuera de cuadro
no quiero salir ¿entendes?

Igual me levanté del asiento.
¿Y esa porqueria van a comer?
¿y este cocoteo para quién es?
Entiendo su etapa,
pero me indigna esto.

No quiero saber ni como se ríen
no voy a saber como se llaman.
Dejen de mirarse un poco
Ya parecen aquellas ovejas de noche
Mendigan y mendigan…

Pero ¿por qué no se bajan?
Me importa un carajo, ¿y vos?
Si sos un clon.



                                          Soy Gabo Fernández, otro tulipa del gobierno.

                                                                     15/03/17

martes, 7 de marzo de 2017

Pártanle un ladrillo en la nuca

Ricardo Ponce:

                         Querido Ricardo, otra vez por este medio,  que me parece el más tácito y seguro para confiarte lo que está pasando por estos caminos áridos.

Primero lo segundo, y lo único que te va a interesar de esta carta. El concierto estuvo bastante “justo”, a mi entender, y al de la mayoría. Nuestras críticas fueron buenas, sin ser piadosos, aunque hubo un percance con el arco del contrabajista (que por cierto era un limoneto) que había viajado desde Santa Fe en el tren que sale de Rafaela.
El arco se venció en el segundo movimiento de la obra,  me hizo recordar a una sinfónica propaganda de fideos que se veían furiosos, y también a los Tío P que había cenado la noche anterior (vos me entendes). Se pidió un cambio de arco y rápidamente como en un trabajo de hormiga (parecido al de Benedetich), llegó a sus manos uno.  Aunque el saco estaba un poco ceñido y los botones querían salir volando cuando Abel hacía sonar esas notas lunáticas, que eran acompañadas por morisquetas socarronas de los de la cátedra de contrabajo, todo sonó casi perfecto.
Digo casi porque sabes que soy bastante insistidor con la ubicación. La directora Amadio, una brasuca con renombre latinoamericano, se sentida incomprensiblemente feliz ante las miradas del público, y esto les dio la seguridad de que todo estaba bajo control.

Como siempre tengo que dedicar unas líneas a la viola de Pablo, que parecía ser la única en el escenario. Hasta Guillermina, que hace poco fue premiada por su famoso canon en fa mayor, se quedó esperando a la salida para felicitarlo e invitarlo a formar parte de una de sus próximas composiciones.
Bueno, para cerrar el tema del concierto querido amigo, tuvimos un incidente en la entrada.
Como indiferente, Emanuel se mandó por el único pasaje que conectaba con los asientos de la izquierda (porque la escalera izquierda estaba cerrada), pero lo hizo a la mitad del primer movimiento del concierto Op.3 de Serge Koussevitzky, y un hombre de aproximadamente sesenta y tantos lo obstaculizó impidiéndole el paso con tan solo una pierna levantada. Estuvo preocupado toda la noche porque lo vieron unos conocidos, y le “iban a sacar mano” según él, pero yo le dije que se preocupara por tratar de sacarse la pierna de encima, que totalmente el está absuelto de ciertas responsabilidades (ya sabes).
En fin, salimos del teatro un poco jugados, pero bien.

El caso es lo que me pasó en la parada.
No sé cómo, pero di un paso en falso y me vi cercado en una charla. Primero lo segundo, no podía entender la liviandad de su fraseo, la calma con que salía cada palabra, degradando el ambiente con total ambivalencia que me dejaba pensando 5 segundos antes de  desenfundar una respuesta.
Escuchaba atentamente cada letra, cada silaba, palabra, frase, y la reflexión de esta, la reflexión de la reflexión, y las reflexiones de las reflexiones.  A pesar de la continuidad, no mostré ningún aspaviento, salvo al describir la obra del Príncipe Pena, y llegué a entender cierto pasado. Aquel que muchas veces no supe escribir y hoy te estoy contando Ricardo, porque sabes que siempre me quedo sin palabras para hacerme entender. En ese momento, pude dilucidar el presente, el pasado, el pretérito perfecto, el plus… todo lo mismo, todo lo viejo, cuadros dentro de marcos, los renos a los renos y las esquinas encendidas.

Lívida entera, cadencial, y precisa. No pediría nada mas, absolutamente nada. Pero viste como es el tiempo, que uno descuartiza las personas para su bien, y solo acepta ciertas “aptitudes” y hasta “actitudes”.

Pude llegar a casa, y todo había pasado, por suerte o por lo que sea. Tuve que batir café, por que la cosa no estaba funcionando. Minutos después escribió Emanuel (noctambulo como siempre) para mostrarme algo que había hecho y quería grabar, lo cual había hecho con enorme alacridad y firmeza. Tendrías que escucharlo, porque está en una etapa muy creativa, y parece que es exponencial.

Me acosté, y permanecí Pianissimo móvil por dos horas, de las cuales hice el recuento de las actividades y movimientos que tendría que dar el día siguiente. Pero lo que más me asombro fue mi habilidad para no recordar ese rostro, para olvidarme  por completo, para ni siquiera poder ubicarlo en el tiempo, en el rango de lo posible, en el rasgo de lo posible. NADA, absolutamente nada. Dana diría que estoy entrando en esa fase de exiliación que recurrentemente merodea por su cabeza, esa metamorfosis nocturna.
Pero no, vos sabes que no es así, y que yo no tengo nada en común con esos vericuetos. Por lo tanto Ricardo, Dana nada!

Desalentadamente pase los días llenos de un porvenir falso, y agobiante. Imágenes espurias, derramadas de información barata que podía comprar o conseguir en cualquier lado, fragor de desentendimiento por la mañana, tardes seniles sin sentido alguno, noches de fuego gris. Pensaras que no la paso muy bien que estoy yéndome a pique, pero no es eso Rica. Todo lo que te cuento es lo que me pasa, y ruego entiendas la necesidad de confiarte este pequeño movimiento azaroso.

Vaya idea la mía, la de hablar justo en ese momento después del concierto, ¿para qué?, si Lucas se encontraba a tres metros nuestro, pero en la misma esquina y no dijo absolutamente nada, hasta pensé que ya había puesto las “nogas” en marcha.

Pero bueno Ponce, los días deletéreos pasaron y como era de esperarse se convirtieron en semanas, y las semanas en horas profundas, y las horas profundas en días, y los días en semanas profundas. Yo no entiendo mas nada, y me mantengo al margen de todo esto, me “mantengo” sí, cuando puedo.
Pero no te haces una idea de lo que es para mí no confiar en los sentidos. Personas sin caras, ¿Sabes lo que es eso? Estar en el mar de los desentendidos (yo ya me había alejado de eso), estar en los miércoles, en el no sé, y en el no me importa.

Rodeado de no-personas, termino mi declaración y espero haber sido lo más claro posible.
Espero que esta vez lo tomes en serio y respondas por este medio que tarda una semana en llegarte y me cuesta 25, 65 pesebres. Espero que tu respuesta no sea un mensaje de texto sin acentos, y con la única y célebre frase: que te pasa pelotudo. Espero...

Ah! Y a pesar de todo, aun estoy esperando que llegue el Seba y abra su computadora sin la tecla f, para decirme quien es, y todo esto se termine de una buena vez.

                                                                                                 Desde Tucumán, Argentina
                                                                                                          Lautaro Lucena

Aclaración: Los personajes de esta historia, son totalmente ficticios. Cualquier parecido con un Profesor de Guitarra erótica y un hombre que cabe dentro de un minibar, es pura coincidencia.

Mi casa era un Zoológico

Me aterró la idea de que mi pequeña hermana tendría que lidiar con las serpientes de cabeza obtusa, con pieles que describirían mejor la corteza de una morera que a ellas mismas, y lenguas que soñarían mucho mejor que yo cualquier sueño. Pero ella, contenta, parecía jugar y disfrutar de todas las criaturas.

Tuve que solaparme más de una vez, pero mi padre insistió en que debía ayudar y familiarizarme. Tomé una de las anfisbenas y al primer intento de degustarme violentamente, o al primer intento de degustarme, violentamente arrojé al animal, bestia, y a toda la mitología entera al fondo, al paredón, donde se alojaban esos maderos de 56 años predefinidos y predestinados para la construcción, ahora para el zoológico, pero antes… antes… Si! Tal vez para otro zoológico.
Al reventarse el “anfibio” contra la musgosa pared y volverse sangre de la Gorgona (aunque para mi había transmutado a un roedor sin cola ¿será posible?), escuché las quejas que provenían de exactamente 5 marimetros distancia diciéndome que si seguía lanzando animales por el aire, correría la responsabilidad de que todos terminemos con infusiones “serpentinas” - (ah! Y también añadieron las palabras vespertina, 508, ¡acordate!  Pero para mí ese fue el vecino) - por todo el cuerpo y toda la casa, y que no siga con esas mañas de fervor maníaco porque después me tocaría llevar el alimento a los elefantes (yo también creo en los elefantes) y no queremos volver a ver elefantes volando, ¡Porque ya sabes que si no los sujetas, vuelan más que las hormigas!
Bien, eso ya es otra historia.

Todo muy armonioso, pero ocurrió otro momento parcial.
Para que me iban a alcanzar la “varita” si con la ramita del sauce llorón (este no lloraba solo observaba) me sobraba. El calistemo me alertó: No es con las viejas armas que se pelea hoy la nueva realidad.
Pero ya era tarde querido amigo, y perdón por los extremos que te quité en mi niñez, perdón, pero ya era demasiado tarde, desconcertado había lanzado la Hidra a Lerna, los elefantes ya  flotaban por Europa (algunos descansando en la orilla del Gualeguay), las cebras se terminaban el café, mi hermana entraba a bañarse y mi padre, como de costumbre, trataba de atajar a las hormigas que querían salirse del corral.

Y como saben y esperaban, yo haciendo girar la glorieta, apagando los caballos, encerrando las velas y soplando al loro… en definitiva, despertando.

A la "Niña-Pájaro"

A la “Niña-Pájaro”


Ojalá te vuelvas cielo,
Si lo que llevas dentro
Son tormentas y lluvias,
Si tienes invierno.

Si vas a migrar con aspaviento
Con estupor en los algodones,
Poco importa
Cuan azul sean tus brazos
Cuanta diafanía permanezca a tu merced,
Poco importa.

Porque vas a fragmentarte
Vas a ser perdigones doloridos
Vas a retoser.
Pero serás  cielo,
Serás esa especie de alcoba
Serás los domingos abiertos
Y como quieres, etérea.

Y nosotros, los “Viejos-Peces”
Los condenados a la picota
Los desahuciados, desesperados
Los irreparablemente llanos…
Te contemplaremos
Dejaremos los ojos a tus pliegues
De lado, de frente,

Y lo seremos

Seremos todo lo eterno
Lo preciso, lo precioso, absoluto
Seremos la espera
Seres ubicuos
Y tendremos todo el sosiego
Todo para nosotros,

Pero siempre, siempre
Debajo del agua, condenados,
Y  vos ahí…

Alto, alta… Cielo.

Bálsamo

Annunziata Tomaro:
           

                Me levante de la silla, despegándome como alguien que no quiere irse a su casa, me sequé la frente; tomé un vaso de agua fría, y con este vacio en la mano me dirigí hacia la ventana del lavadero.

Me asombró ver la cortina “embolsada” por el viento, pero totalmente petrificada, inmóvil, y mas sofocada que yo y que todos los de la cuadra; zona; ciudad. Fue extraño para mi contemplar aquella tela, cuadriculada con líneas naranjas, rojas, y azules; pero lo más anormal es que también contenía frutillas y corazones. Te preguntaras si existen las frutillas naranjas, yo no lo sé, pero de pensarlo, esa fruta tendría los dos sabores en una, y me descompone, y me veo  mareado.

Una vez que se cesó el viento, saque mi cabeza por la ventana y pude ver un felino con piel de montés descansado en el techo continuo a la medianera de “la señora dipolar del primero”. Estirado y tranquilo, resguardando su seguridad a la sombra de una pared. Quise que me viera, quise que venga hasta mi; me salude y acepte alguna recompensa.
Se me ocurrió imitarlo, y lo hice. Antes de seguir, sé que no te agradan los gatos, y que las cortinas y los vasos de agua son aleatorios, pero dejame que te cuente como llegue a recordarte en la calle San Luis.
El gato obviamente me miró y seguro pensó infinitas vulgaridades de mi; me aborreció por haber tomado su voz como una burla aunque no haya sido mi intención. Nos miramos por 3 minutos, fijamente. Me desentendí de él y marché a mi cuarto.

Cuando ya estaba inmerso en el ventilador que no calla, y en la cama que parece tragárselo a uno, pasó sobre mí una ligera corriente de aire caliente, tan ligera y tan caliente como la de aquel día que volvía de ver al médico.
Un tal Dr. Días, que cuando te presentabas con un “como le va” inmediatamente exclamaba: -¡Yo, bien! ¡Yo, bien!... Si estoy mal, mejor me quedo en mi casa.- y esto se repetía con cada paciente que ingresaba; parecía que le estaban tomando el pelo a uno, y no, le estaban tomando la oreja.

El consultorio era una casa antigua, típico… típico, como todos los consultorios. Solo la secretaria de unos 63 años tenía aire acondicionado, y los pacientes en la sala de espera con un ventilador parecido al de tu nueva pieza (aunque no lo conozco, me lo imagino girando como este).
Al salir del consultorio y yendo a la terminal o a donde cagan las palomas, no sé, me crucé con un par de boludos (literalmente), vaya suerte la mía, si te digo quienes eran te reirías.

Me voy por las ramas, y se me está escapando el formato carta, discúlpame.
Aquella corriente de aire, fue la misma que la de la calle San Luis. Parado entre tanta gente que se mueve con problemas, neuróticos, con cansancio, y hasta con amor. Parado frente a un puesto de revistas, que hoy en día vende mucho más que revistas, me vi dispuesto a recordarte.
Me quedé pensando en aquella vez que compramos libros y vos no querías elegir nada, yo rechacé la novela “Andamios” y te compré el “Último Round”.  Se amanecía tu cumpleaños.
Pero más me quedé pensado en como leías a mi lado, en mi cama. No dejabas que yo te mire a los ojos, y no podía dejar de pensarte mientras trataba de seguir “La Isla a mediodía”. Vos que estabas contenta, y yo lo sabía, porque la mayoría de las veces se lo que vos sentís (pero la mayoría de las veces no sé lo que ocurre).

No importa que me pasó por la cabeza, que eran las 12:48 con un calor desesperante, que yo me encontraba parado, y ni siquiera leyendo el titulo de esas tapas coloridas, que vos apareciste de inmediato, tomaste mi calma por sorpresa.
Con tu mano en mis ojos, y tus ojos en los míos.
Ese momento fue para mí, un bálsamo.

                                                                                                    No se como te gusta llamarme,
                                                                                                     así que no pongo mi nombre.
                                                                                                       22 de Enero, Santa Fe.