Ricardo Ponce:
Querido Ricardo, otra vez por este medio, que me parece el más tácito y seguro para confiarte lo que está pasando por estos caminos áridos.
Primero lo segundo, y lo único que te va a interesar de esta carta. El concierto estuvo bastante “justo”, a mi entender, y al de la mayoría. Nuestras críticas fueron buenas, sin ser piadosos, aunque hubo un percance con el arco del contrabajista (que por cierto era un limoneto) que había viajado desde Santa Fe en el tren que sale de Rafaela.
El arco se venció en el segundo movimiento de la obra, me hizo recordar a una sinfónica propaganda de fideos que se veían furiosos, y también a los Tío P que había cenado la noche anterior (vos me entendes). Se pidió un cambio de arco y rápidamente como en un trabajo de hormiga (parecido al de Benedetich), llegó a sus manos uno. Aunque el saco estaba un poco ceñido y los botones querían salir volando cuando Abel hacía sonar esas notas lunáticas, que eran acompañadas por morisquetas socarronas de los de la cátedra de contrabajo, todo sonó casi perfecto.
Digo casi porque sabes que soy bastante insistidor con la ubicación. La directora Amadio, una brasuca con renombre latinoamericano, se sentida incomprensiblemente feliz ante las miradas del público, y esto les dio la seguridad de que todo estaba bajo control.
Como siempre tengo que dedicar unas líneas a la viola de Pablo, que parecía ser la única en el escenario. Hasta Guillermina, que hace poco fue premiada por su famoso canon en fa mayor, se quedó esperando a la salida para felicitarlo e invitarlo a formar parte de una de sus próximas composiciones.
Bueno, para cerrar el tema del concierto querido amigo, tuvimos un incidente en la entrada.
Como indiferente, Emanuel se mandó por el único pasaje que conectaba con los asientos de la izquierda (porque la escalera izquierda estaba cerrada), pero lo hizo a la mitad del primer movimiento del concierto Op.3 de Serge Koussevitzky, y un hombre de aproximadamente sesenta y tantos lo obstaculizó impidiéndole el paso con tan solo una pierna levantada. Estuvo preocupado toda la noche porque lo vieron unos conocidos, y le “iban a sacar mano” según él, pero yo le dije que se preocupara por tratar de sacarse la pierna de encima, que totalmente el está absuelto de ciertas responsabilidades (ya sabes).
En fin, salimos del teatro un poco jugados, pero bien.
El caso es lo que me pasó en la parada.
No sé cómo, pero di un paso en falso y me vi cercado en una charla. Primero lo segundo, no podía entender la liviandad de su fraseo, la calma con que salía cada palabra, degradando el ambiente con total ambivalencia que me dejaba pensando 5 segundos antes de desenfundar una respuesta.
Escuchaba atentamente cada letra, cada silaba, palabra, frase, y la reflexión de esta, la reflexión de la reflexión, y las reflexiones de las reflexiones. A pesar de la continuidad, no mostré ningún aspaviento, salvo al describir la obra del Príncipe Pena, y llegué a entender cierto pasado. Aquel que muchas veces no supe escribir y hoy te estoy contando Ricardo, porque sabes que siempre me quedo sin palabras para hacerme entender. En ese momento, pude dilucidar el presente, el pasado, el pretérito perfecto, el plus… todo lo mismo, todo lo viejo, cuadros dentro de marcos, los renos a los renos y las esquinas encendidas.
Lívida entera, cadencial, y precisa. No pediría nada mas, absolutamente nada. Pero viste como es el tiempo, que uno descuartiza las personas para su bien, y solo acepta ciertas “aptitudes” y hasta “actitudes”.
Pude llegar a casa, y todo había pasado, por suerte o por lo que sea. Tuve que batir café, por que la cosa no estaba funcionando. Minutos después escribió Emanuel (noctambulo como siempre) para mostrarme algo que había hecho y quería grabar, lo cual había hecho con enorme alacridad y firmeza. Tendrías que escucharlo, porque está en una etapa muy creativa, y parece que es exponencial.
Me acosté, y permanecí Pianissimo móvil por dos horas, de las cuales hice el recuento de las actividades y movimientos que tendría que dar el día siguiente. Pero lo que más me asombro fue mi habilidad para no recordar ese rostro, para olvidarme por completo, para ni siquiera poder ubicarlo en el tiempo, en el rango de lo posible, en el rasgo de lo posible. NADA, absolutamente nada. Dana diría que estoy entrando en esa fase de exiliación que recurrentemente merodea por su cabeza, esa metamorfosis nocturna.
Pero no, vos sabes que no es así, y que yo no tengo nada en común con esos vericuetos. Por lo tanto Ricardo, Dana nada!
Desalentadamente pase los días llenos de un porvenir falso, y agobiante. Imágenes espurias, derramadas de información barata que podía comprar o conseguir en cualquier lado, fragor de desentendimiento por la mañana, tardes seniles sin sentido alguno, noches de fuego gris. Pensaras que no la paso muy bien que estoy yéndome a pique, pero no es eso Rica. Todo lo que te cuento es lo que me pasa, y ruego entiendas la necesidad de confiarte este pequeño movimiento azaroso.
Vaya idea la mía, la de hablar justo en ese momento después del concierto, ¿para qué?, si Lucas se encontraba a tres metros nuestro, pero en la misma esquina y no dijo absolutamente nada, hasta pensé que ya había puesto las “nogas” en marcha.
Pero bueno Ponce, los días deletéreos pasaron y como era de esperarse se convirtieron en semanas, y las semanas en horas profundas, y las horas profundas en días, y los días en semanas profundas. Yo no entiendo mas nada, y me mantengo al margen de todo esto, me “mantengo” sí, cuando puedo.
Pero no te haces una idea de lo que es para mí no confiar en los sentidos. Personas sin caras, ¿Sabes lo que es eso? Estar en el mar de los desentendidos (yo ya me había alejado de eso), estar en los miércoles, en el no sé, y en el no me importa.
Rodeado de no-personas, termino mi declaración y espero haber sido lo más claro posible.
Espero que esta vez lo tomes en serio y respondas por este medio que tarda una semana en llegarte y me cuesta 25, 65 pesebres. Espero que tu respuesta no sea un mensaje de texto sin acentos, y con la única y célebre frase: que te pasa pelotudo. Espero...
Ah! Y a pesar de todo, aun estoy esperando que llegue el Seba y abra su computadora sin la tecla f, para decirme quien es, y todo esto se termine de una buena vez.
Desde Tucumán, Argentina
Lautaro Lucena
Aclaración: Los personajes de esta historia, son totalmente ficticios. Cualquier parecido con un Profesor de Guitarra erótica y un hombre que cabe dentro de un minibar, es pura coincidencia.