Palta
Después de una riada de
saludos, una fuerte llovizna que no es sino una tormenta que azota toda la
mañana, de toda la planicie, de todo cerro manco; y después de todo orden
rutina o de todo detenimiento parcial; justo en ese momento llegan estas
palabras con un compendio y un diario del mes pasado bajo el brazo.
No me cabe duda que los
anaqueles que ayer vaciaste y desatendiste, hoy se declaran en orden, sin
fatiga y ociosos.
Pero de lo que estoy más seguro
es que hoy te has detenido por momento, por unos breves minutos, con una
cuasimueca en la que caben todas las esperanzas de los desahuciados, los
repetidos, los como yo o como él; y aquellas salen relucientes de esas dunas
blindadas, bailando cantinelas polkas y rasguidos dobles, ensombreradas y
efervescentes.
Esos minutos que has gastado de
un cañonazo, que ha salido disparado circundante por una parte de la ventana a
través de tu boca; caerán sobre el continente vecino, mañana, temprano junto al
desayuno, y volverás a gastar minutos, pero está vez en forma de granada.
Serán derrotados por
contracciones del tiempo, pero aun no serán castigados por alguna distracción
pasajera, que podría ser el aviso innato de una madre. No serán derrotados si no
al tercer día, donde todo aquello queda por debajo de los utensilios de la
cocina o debajo de la taza de café.
Esos minutos que se han
convertido desde ahora en un rescoldo, esos que he desbaratado, con la lectura
o la re lectura, o la lectura de la re lectura; no serán más que otra forma
talante de decirte feliz cumpleaños.