martes, 9 de enero de 2018

Diástole

Le costaba darse vuelta y parecía un barril; podría haber sido tan fácil. Todos nos acercamos lentamente sin quitarle sueño alguno. En algún punto, cada uno de nosotros quería estar en su lugar.
¿De qué se alimenta? ¿Aquella pequeña cicatriz? Nadie lo sabe pero todos suponen cosas, elementos, falos en sus podridas cabezas.
Me incliné; luego en cuclillas para preguntárselo al oído, pero la incertidumbre se alimentaba vagamente de la claridad del día y era tan obvio que no respondería…
No lo hizo.
Acerqué  mi mano sosa apaciblemente. Sus ojos entrelazados con mi mano se cerraban cada vez que me acercaba un poco más. Llegué a tocarle el ombligo, y recorrí con leves puntillazos cual Bukovac hasta hervirme el cerebro; el resultado me sorprendió.
Ella, estaba cargada de arena.
¿Cómo lo logró? ¿Cómo llegó hasta nosotros?
Jamás volvió a abrir los ojos. Aquel Apolo se lo comió todo.

Pero nunca dejó de respirar.

Serafina Zulum

Casi agotada esa llovizna, hicimos fuerza en un pie y ambos no dirigimos al mismo punto.
Había tomado su mano en unas tres oportunidades contadas:
1-En sus labios rojos
2-En la geomancia
3-Antinomia
4-En el track 3
Descalcé toda mi fuerza en su hombro por media cuadra.


Menem lo hizo


Estaban comiendo los cuatro cuando yo llegué. 
El plato era puré con puré, sólo se veían grumos de carne picada y morrón, pude ver alguna que otra aceituna.
Me sirvió la mayor un vaso, y luego otro, y luego otro…
Al cabo de una hora se habían tocado conversaciones de moda aguda (me miraba los pantalones, y ninguna parte de ellos, ni siquiera los bolsillos, eran correctos), crímenes imperfectos y “comediantes” modernos. Tenía el estómago vacío y comenzaba a sentirme borracho.

Fue divertido ver cómo juntaban los platos, y estos formaban una torre de nostalgia, agonía, y junto con el pan, pobreza.
Pero los vasos seguían llenos.
Entendí la invitación en el momento que llegó a mis manos el instrumento cortante. Necesitaban un bufón de sábado, y yo se los dí porque vi tanta felicidad que un poco más no dañaba a nadie.

“El que escucha, pide al fin”, decidí por preguntarle a la desconocida anfitriona,  al motivo de mi presencia, qué quería escuchar…

Se quedó blanca, pálida… no supo qué decir… Vaciló en:
-No sé

Inmediatamente los demás empezaron a atacarla con preguntas, demandas y preguntas. Cada vez más muerta la cara, cada vez más cerca del paralelepípedo…

Yo dije: ¿Pero qué fue lo último que escuchaste?

Respondió: No sé qué fue, no escucho música, no me gusta escuchar música…

La mayor dijo: ¡No quiere! Dejenlá, no quiere elegir…

La miré fijamente a los ojos y comenzaron a llenarse de odio. Se levantaron las dos, casi llorando y fueron al cuarto.
Hubo silencio; tanto que ya no había para beber.
Yo sentí tanto asco por esa persona, tanto asco…
Una persona podrida dentro de una dulce flor.