Le costaba darse vuelta y parecía un barril; podría haber
sido tan fácil. Todos nos acercamos lentamente sin quitarle sueño alguno. En
algún punto, cada uno de nosotros quería estar en su lugar.
¿De qué se alimenta? ¿Aquella pequeña cicatriz? Nadie lo
sabe pero todos suponen cosas, elementos, falos en sus podridas cabezas.
Me incliné; luego en cuclillas para preguntárselo al oído,
pero la incertidumbre se alimentaba vagamente de la claridad del día y era tan
obvio que no respondería…
No lo hizo.
Acerqué mi mano sosa
apaciblemente. Sus ojos entrelazados con mi mano se cerraban cada vez que me
acercaba un poco más. Llegué a tocarle el ombligo, y recorrí con leves
puntillazos cual Bukovac hasta hervirme el cerebro; el resultado me sorprendió.
Ella, estaba cargada de arena.
¿Cómo lo logró? ¿Cómo llegó hasta nosotros?
Jamás volvió a abrir los ojos. Aquel Apolo se lo comió todo.
Pero nunca dejó de respirar.
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