martes, 9 de enero de 2018

Diástole

Le costaba darse vuelta y parecía un barril; podría haber sido tan fácil. Todos nos acercamos lentamente sin quitarle sueño alguno. En algún punto, cada uno de nosotros quería estar en su lugar.
¿De qué se alimenta? ¿Aquella pequeña cicatriz? Nadie lo sabe pero todos suponen cosas, elementos, falos en sus podridas cabezas.
Me incliné; luego en cuclillas para preguntárselo al oído, pero la incertidumbre se alimentaba vagamente de la claridad del día y era tan obvio que no respondería…
No lo hizo.
Acerqué  mi mano sosa apaciblemente. Sus ojos entrelazados con mi mano se cerraban cada vez que me acercaba un poco más. Llegué a tocarle el ombligo, y recorrí con leves puntillazos cual Bukovac hasta hervirme el cerebro; el resultado me sorprendió.
Ella, estaba cargada de arena.
¿Cómo lo logró? ¿Cómo llegó hasta nosotros?
Jamás volvió a abrir los ojos. Aquel Apolo se lo comió todo.

Pero nunca dejó de respirar.

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