martes, 9 de enero de 2018

Menem lo hizo


Estaban comiendo los cuatro cuando yo llegué. 
El plato era puré con puré, sólo se veían grumos de carne picada y morrón, pude ver alguna que otra aceituna.
Me sirvió la mayor un vaso, y luego otro, y luego otro…
Al cabo de una hora se habían tocado conversaciones de moda aguda (me miraba los pantalones, y ninguna parte de ellos, ni siquiera los bolsillos, eran correctos), crímenes imperfectos y “comediantes” modernos. Tenía el estómago vacío y comenzaba a sentirme borracho.

Fue divertido ver cómo juntaban los platos, y estos formaban una torre de nostalgia, agonía, y junto con el pan, pobreza.
Pero los vasos seguían llenos.
Entendí la invitación en el momento que llegó a mis manos el instrumento cortante. Necesitaban un bufón de sábado, y yo se los dí porque vi tanta felicidad que un poco más no dañaba a nadie.

“El que escucha, pide al fin”, decidí por preguntarle a la desconocida anfitriona,  al motivo de mi presencia, qué quería escuchar…

Se quedó blanca, pálida… no supo qué decir… Vaciló en:
-No sé

Inmediatamente los demás empezaron a atacarla con preguntas, demandas y preguntas. Cada vez más muerta la cara, cada vez más cerca del paralelepípedo…

Yo dije: ¿Pero qué fue lo último que escuchaste?

Respondió: No sé qué fue, no escucho música, no me gusta escuchar música…

La mayor dijo: ¡No quiere! Dejenlá, no quiere elegir…

La miré fijamente a los ojos y comenzaron a llenarse de odio. Se levantaron las dos, casi llorando y fueron al cuarto.
Hubo silencio; tanto que ya no había para beber.
Yo sentí tanto asco por esa persona, tanto asco…
Una persona podrida dentro de una dulce flor.


                                                                                         

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