Annunziata Tomaro:
Me levante de la silla, despegándome como alguien que no quiere irse a su casa, me sequé la frente; tomé un vaso de agua fría, y con este vacio en la mano me dirigí hacia la ventana del lavadero.
Me asombró ver la cortina “embolsada” por el viento, pero totalmente petrificada, inmóvil, y mas sofocada que yo y que todos los de la cuadra; zona; ciudad. Fue extraño para mi contemplar aquella tela, cuadriculada con líneas naranjas, rojas, y azules; pero lo más anormal es que también contenía frutillas y corazones. Te preguntaras si existen las frutillas naranjas, yo no lo sé, pero de pensarlo, esa fruta tendría los dos sabores en una, y me descompone, y me veo mareado.
Una vez que se cesó el viento, saque mi cabeza por la ventana y pude ver un felino con piel de montés descansado en el techo continuo a la medianera de “la señora dipolar del primero”. Estirado y tranquilo, resguardando su seguridad a la sombra de una pared. Quise que me viera, quise que venga hasta mi; me salude y acepte alguna recompensa.
Se me ocurrió imitarlo, y lo hice. Antes de seguir, sé que no te agradan los gatos, y que las cortinas y los vasos de agua son aleatorios, pero dejame que te cuente como llegue a recordarte en la calle San Luis.
El gato obviamente me miró y seguro pensó infinitas vulgaridades de mi; me aborreció por haber tomado su voz como una burla aunque no haya sido mi intención. Nos miramos por 3 minutos, fijamente. Me desentendí de él y marché a mi cuarto.
Cuando ya estaba inmerso en el ventilador que no calla, y en la cama que parece tragárselo a uno, pasó sobre mí una ligera corriente de aire caliente, tan ligera y tan caliente como la de aquel día que volvía de ver al médico.
Un tal Dr. Días, que cuando te presentabas con un “como le va” inmediatamente exclamaba: -¡Yo, bien! ¡Yo, bien!... Si estoy mal, mejor me quedo en mi casa.- y esto se repetía con cada paciente que ingresaba; parecía que le estaban tomando el pelo a uno, y no, le estaban tomando la oreja.
El consultorio era una casa antigua, típico… típico, como todos los consultorios. Solo la secretaria de unos 63 años tenía aire acondicionado, y los pacientes en la sala de espera con un ventilador parecido al de tu nueva pieza (aunque no lo conozco, me lo imagino girando como este).
Al salir del consultorio y yendo a la terminal o a donde cagan las palomas, no sé, me crucé con un par de boludos (literalmente), vaya suerte la mía, si te digo quienes eran te reirías.
Me voy por las ramas, y se me está escapando el formato carta, discúlpame.
Aquella corriente de aire, fue la misma que la de la calle San Luis. Parado entre tanta gente que se mueve con problemas, neuróticos, con cansancio, y hasta con amor. Parado frente a un puesto de revistas, que hoy en día vende mucho más que revistas, me vi dispuesto a recordarte.
Me quedé pensando en aquella vez que compramos libros y vos no querías elegir nada, yo rechacé la novela “Andamios” y te compré el “Último Round”. Se amanecía tu cumpleaños.
Pero más me quedé pensado en como leías a mi lado, en mi cama. No dejabas que yo te mire a los ojos, y no podía dejar de pensarte mientras trataba de seguir “La Isla a mediodía”. Vos que estabas contenta, y yo lo sabía, porque la mayoría de las veces se lo que vos sentís (pero la mayoría de las veces no sé lo que ocurre).
No importa que me pasó por la cabeza, que eran las 12:48 con un calor desesperante, que yo me encontraba parado, y ni siquiera leyendo el titulo de esas tapas coloridas, que vos apareciste de inmediato, tomaste mi calma por sorpresa.
Con tu mano en mis ojos, y tus ojos en los míos.
Ese momento fue para mí, un bálsamo.
No se como te gusta llamarme,
así que no pongo mi nombre.
22 de Enero, Santa Fe.
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