Me aterró la idea de que mi pequeña hermana tendría que lidiar con las serpientes de cabeza obtusa, con pieles que describirían mejor la corteza de una morera que a ellas mismas, y lenguas que soñarían mucho mejor que yo cualquier sueño. Pero ella, contenta, parecía jugar y disfrutar de todas las criaturas.
Tuve que solaparme más de una vez, pero mi padre insistió en que debía ayudar y familiarizarme. Tomé una de las anfisbenas y al primer intento de degustarme violentamente, o al primer intento de degustarme, violentamente arrojé al animal, bestia, y a toda la mitología entera al fondo, al paredón, donde se alojaban esos maderos de 56 años predefinidos y predestinados para la construcción, ahora para el zoológico, pero antes… antes… Si! Tal vez para otro zoológico.
Al reventarse el “anfibio” contra la musgosa pared y volverse sangre de la Gorgona (aunque para mi había transmutado a un roedor sin cola ¿será posible?), escuché las quejas que provenían de exactamente 5 marimetros distancia diciéndome que si seguía lanzando animales por el aire, correría la responsabilidad de que todos terminemos con infusiones “serpentinas” - (ah! Y también añadieron las palabras vespertina, 508, ¡acordate! Pero para mí ese fue el vecino) - por todo el cuerpo y toda la casa, y que no siga con esas mañas de fervor maníaco porque después me tocaría llevar el alimento a los elefantes (yo también creo en los elefantes) y no queremos volver a ver elefantes volando, ¡Porque ya sabes que si no los sujetas, vuelan más que las hormigas!
Bien, eso ya es otra historia.
Todo muy armonioso, pero ocurrió otro momento parcial.
Para que me iban a alcanzar la “varita” si con la ramita del sauce llorón (este no lloraba solo observaba) me sobraba. El calistemo me alertó: No es con las viejas armas que se pelea hoy la nueva realidad.
Pero ya era tarde querido amigo, y perdón por los extremos que te quité en mi niñez, perdón, pero ya era demasiado tarde, desconcertado había lanzado la Hidra a Lerna, los elefantes ya flotaban por Europa (algunos descansando en la orilla del Gualeguay), las cebras se terminaban el café, mi hermana entraba a bañarse y mi padre, como de costumbre, trataba de atajar a las hormigas que querían salirse del corral.
Y como saben y esperaban, yo haciendo girar la glorieta, apagando los caballos, encerrando las velas y soplando al loro… en definitiva, despertando.
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